ESTADIOS
Aquella mañana decidieron, como tantas otras (buscando romper de alguna manera con la rutina diaria), salir a caminar por las laderas de aquel cañadón de altas paredes de roca, que protegían el lecho de un río seco. Todo estaba medianamente organizado debido a la corta distancia del recorrido.
El lugar había sido mencionado días atrás por un cliente, en el trabajo de uno de los futuros caminantes, quienes lo buscaron posteriormente en un sitio de internet, de donde consiguieron también, el número de contacto del lugareño, propietario de esas tierras.
Los preparativos fueron mínimos, pocas horas de viaje, y una caminata corta era lo previsto; algunos sándwiches, un par de botellas de agua, escaso abrigo, fue con lo que contaron aquél día.
Una mañana de domingo no muy temprano, iniciaron el camino hacia esa pequeña aventura. Al llegar, luego de dos horas de viaje en vehículo (el cual fue dejado en la entrada de aquellas tierras) y haber cruzado una ripiera abandonada, emprendieron la caminata.
El camino era muy sencillo (según lo mencionado por el cliente), circundar el lecho del río seco protegido por altos muros de roca, llegar hasta un paredón y regresar -no más de una hora, según lo calculado.
Por decisión de la pareja viajera, a modo de insignificante rebeldía, comenzaron a costear el paredón por uno de los laterales, subiendo poco a poco por un camino de tierra y piedras ya demarcado por el pasar de transeúntes que en algún momento siguieron el mismo destino.
El mediodía se presentaba tranquilo, el sol ya se había posado sobre sus cabezas cuando se detuvieron a descansar, comer y beber; el río seco se podía observar desde la cima del paredón. El paisaje, a esa altura ya era una planicie desierta, algunos arbustos, arenilla y piedras, características particulares del clima del lugar.
Al terminar el descanso, decidieron avanzar un rato más, dejando a sus espaldas el precipicio de rocas, considerando que era temprano para emprender el regreso. Caminaron, caminaron, caminaron... Ella manifestó que ya era hora de volver, la tarde caía, comenzaba a descender la temperatura y estaban completamente solos en zonas poco conocidas por ambos. Tomaron el camino de regreso (pensaban ellos), caminaron un tiempo más... Al rato, pasaron por un sector ya conocido por ambos, razón por la cual consideraron que quizás habían estado dando vuelta en círculos. Él, en el intento de apaciguar el desconcierto que había generado la situación decidió calmarla: - tranquila es para el otro lado- dijo, señalando hacia un supuesto horizonte que desconocía. EL aspecto del lugar era un cuadro repetido miraran hacia donde miraran, sin embargo no perdían las esperanzas de encontrar el camino de regreso. Pasaban las horas y continuaban girando en círculos, los estadios se sucedieron uno tras otro: desconcierto, miedo, desesperación.. la tarde caía, las temperaturas disminuían, el abrigo era escaso, así como el agua de sus recipientes ya casi vacíos. A pesar de que ambos llevaban celulares, sólo uno tenía algo de señal, pero muy poca batería. Prefirieron no hacer ningún llamado de auxilio que pudiera exagerar la situación y menos aún generar pánico en algún familiar, que por el momento no podría ayudar demasiado. Finalmente, él recordó haber agendado el teléfono del puestero. Llamaron, del otro lado respondió una voz diciendo: ¿porque no solicitaron un guía? La pregunta ofrecía una sola respuesta… hicieron silencio... -ya voy hacia allá dijo-.
Al llegar, devolvió la llamada e indicó que observaran si veían humo a sus alrededores -este había hecho una pequeña fogata- y de ser así, se dirigieran hacia él. Miraron a los cuatro puntos cardinales, no había nada. Siguieron caminando, las sombras se extinguían poco a poco, llegaron al cuarto estadio: la resignación. El cansancio era demasiado, los pies dolían, la sed, el hambre y el frío se habían apoderado de los desdichados caminantes. Ocho horas pasaron aproximadamente desde que llegaron, cuando vieron algo distinto en el paisaje, un largo alambrado dividía el campo en dos, no sabían a dónde terminaba, pero con las últimas fuerzas y un dejo de esperanza, oculta en algún pequeño espacio de sus almas desgastadas decidieron seguirlo, costearlo. La batería y la señal del único medio que tenían para comunicarse con el mundo cotidiano, maldecido muchas veces y hoy siendo un paraíso en sus mentes , se habían agotado. El frío ya era demasiado y el desgaste físico más aún. Ella decidió sentarse a esperar quién sabe que, él decidió acompañarla. Los sonidos de animales salvajes y la gran variedad de insectos en la oscuridad comenzaban a perturbarlos, pero ya no había mucho por hacer, pensaron, y el último estadio ya se había apoderado de ellos.
Tumbados en el suelo, abrazados para generar algo de calor en sus maltrechos cuerpos y en un estado de trance se encontraban, cuando de pronto, en el oscuro paisaje, vieron aparecer una figura extremadamente alta, que se aproximaba hacia ellos rápidamente, a su lado, dos más pequeñas. De pronto una luz no muy potente los iluminó. Al fin los encuentro! dijo una voz, pudieron descifrar las imágenes; era un hombre a caballo con dos perros a su lado. Los tres venían muy agitados, transpirado el primero, las lenguas totalmente afuera, los segundos. La pareja cruzó miradas y sonrieron extenuados.
Sólo algunas horas bastaron para comprender que los designios del destino o los hilos de Dios son indescifrables, que no todo puede planificarse y que los puntos cardinales pueden revolverse en cualquier sitio.
La mujer resignada a que el rescate no hubiese sido en un vehículo de cuatro ruedas, subió en las ancas del animal más grande, el hombre por su lado, siguió a tientas a los demás, atropellándose con cuanto arbusto y rama se cruzó por su camino debido a la completa oscuridad existente a esa hora; nada importaba ya, sólo querían volver a su vida rutinaria lamentada tantas veces. El camino de regreso no fue tan largo como pensaron, pudo haber sido la ansiedad o que ya no caminaban en círculos como hacía unas horas atrás. Hemos llegado -dijo el lugareño-, él detuvo su marcha, ella a duras penas, muy adolorida descendió del animal; intentaron identificar dónde se encontraban pero la oscuridad absoluta no les permitía ver nada, bastó con apretar el botón del control remoto del auto para desactivar la alarma y quedar así completamente encandilados.
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